La literatura comprometida según W. G. Sebald
Catástrofe, literatura y documento
Introducción
W. G. Sebald, profesor de Literatura Europea en Inglaterra, oriundo de Alemania, permanece hoy, a mi humilde juicio, lamentablemente escondido. Si bien fue editado casi en su totalidad por la editorial española Anagrama, difícilmente pueda decirse que su obra haya despertado interés preponderante siquiera en el ambiente universitario; y menos aún en el ambiente literario argentino en general. (Este es, tal vez, un ejemplo más de la extrañeza con que a menudo el canon literario y los juegos editoriales nos tratan como lectores). Este trabajo intentará despertar cierto interés acerca de la obra de Sebald. Vemos que su obra asume el papel del compromiso de la literatura. Compromiso no tanto con los hechos actuales como con la historia reciente, aquella que corre por nuestras venas y a menudo desconocemos. No se trata éste de un compromiso ideológico de la literatura; ni de un folleto de izquierda hacia una literatura de combate; ni de una literatura que ponga en imágenes las más crudas (e inventadas) imágenes de la miseria. Nada más lejos que eso. Sebald nos enseña que el verdadero compromiso literario está en la experiencia (en la forma de la investigación, recopilación de imágenes, estadísticas, periódicos de época; pero también experiencia directa con el lugar de los hechos, etc.) y en el estatuto de la escritura como único sostén de la historia.
¿Quién fue Sebald?
Vale hacerse, desde un principio, la pregunta inocente de quién fue Wilhelm Georg Sebald (“Max”, para sus amigos), por el simple hecho de que no es un escritor de quién podamos decir que es conocido (o reconocido) generalmente en Argentina, o que pertenece al canon de la literatura universal, y hasta ni siquiera al de la literatura alemana (habría que ver qué piensan los mismos alemanes al respecto). Sebald nació en el pequeño pueblo de Wertach, en Baviera, uno de los estados federados que conforman la República Federal de Alemania, en mayo de 1944; es decir, casi exactamente un año antes de que finalizara la Segunda Guerra Mundial en Europa. Sebald vivió en Alemania durante veinte años de la posguerra, para luego emigrar (palabra significativa en su obra) voluntariamente a Inglaterra, donde pasó el resto de sus días. Fue esencialmente profesor de literatura, pues dictó Literatura Europea en la Universidad de East Anglia, en Norwich, durante más de 20 años. Su obra literaria es bastante tardía: su primera novela, Vértigo, es publicada en 1990 (es decir, a sus 46 años). A ella siguieron otras novelas, entre las que destacan Los anillos de Saturno (1995) y Austerlitz (2001). Muere trágicamente (como Barthes, como Camus) en un choque en la ruta (en realidad, luego de un ataque cardíaco mientras manejaba), en diciembre de 2001. El gran interés que asume su obra es el viaje (la peregrinación, pero también la emigración) y la catástrofe, el capitalismo y la guerra. Fue, se podría decir, un emigrado a voluntad, y a pesar de vivir en Inglaterra la mayor parte de sus días, nunca alejó su mente de todo lo que había acaecido en su Alemania natal, pues, según palabras suyas, añoraba “poder saber más sobre las monstruosidades que había en el trasfondo de [su] propia vida”1. Brindó toda la fuerza de su escritura a la búsqueda de la naturaleza de la emigración, el viaje, la experiencia directa con una naturaleza en peligro constante, el avance incontenible del capitalismo, la catástrofe de la guerra y el lugar de la literatura como documento, como el único en el cual puede sobrevivir la historia amenazada.
“Guerra aérea y literatura”. Conferencias de Zurich, 1997.
Tal vez lo más inoportuno que uno puede decirle a un alemán es que tiene alguna debilidad, algún error, alguna fisura en lo que hace o dice. Eso es justamente lo que hizo W. G. Sebald en unas conferencias que pronunció en Zurich en 1997 bajo el título “Guerra aérea y literatura”. Allí el escritor recriminó a la comunidad literaria alemana en particular y al pueblo en general: “A pesar de los denodados esfuerzos por la llamada superación del pasado, me parece como si los alemanes fuéramos hoy un pueblo sorprendentemente ciego a la historia y sin tradiciones”2. Ve, en efecto, una especie de mutismo a que se sumió la literatura de la posguerra. Pero no está pensando en la cuestión judía (perspectiva según la cual el pueblo alemán es esencialmente culpable), sino en otro tipo de acontecimiento (de acuerdo al cual el pueblo alemán no es ya culpable, sino víctima por el contrario): los bombardeos Aliados. La tesis que Sebald promulgó en sus conferencias es esencialmente revisionista y se resume en la idea de que “si los que nacieron después [de la Segunda Guerra] tuvieran que confiar sólo en el testimonio de los escritores, difícilmente podrían hacerse una idea de las proporciones, la naturaleza y las consecuencias de la catástrofe provocada en Alemania por los bombardeos”3. En otras palabras, el autor señala una carencia fundamental de la literatura de la posguerra inmediata y su falta de compromiso frente a acontecimientos que fueran acaso tan graves como el proceso de los judíos hacia el interior de Alemania en los campos de concentración.
La guerra aérea es una faceta poco conocida de la Segunda Guerra Mundial, sostiene Sebald, pero no por eso menos terrible que sus facetas más conocidas. Sabemos con respecto a esto, por ejemplo, que el 23 de septiembre de 1941 fue presentada en Inglaterra la estrategia a seguir por los bombarderos; Sir Arthur T. Harris, comandante en jefe del Comando de Bombardeo, se proponía, según palabras suyas, "atacar con el fin de romper la moral de la población haciendo las ciudades físicamente inhabitables y sumir a la población en una sensación de peligro constante”4. Está claro que los objetivos no eran para este hombre los astilleros, ni las fábricas, ni los caminos de abastecimiento, ni la Wehrmacht, ni los puertos alemanes. Su objetivo era la población civil misma, la que habitaba dentro de los hogares: los niños, las madres (algunas ya viudas), los ancianos. Se tiene poca conciencia de la magnitud de esto, recuerda Sebald. Los ejemplos más extremos de los ataques masivos sobre la población fueron causadas por la llamada “Operación Gomorra” (recuérdese, Gomorra, junto con Sodoma, ciudades ambas destruidas en su totalidad por Iahvé, según la tradición judía, debido a sus numerosos pecados), que dejó las siguientes consecuencias: Hamburgo fue destruida con un saldo de más de 34.000 muertos y 900.000 desplazados; el ataque a Kassel se saldó con 10.000 muertos; el de Darmstadt con 12.500 muertos; el ataque a Pforzheim dejó 21.200 muertos; en Swinemünde 23.000 muertos; y el Bombardeo de Dresde a su ciudad medieval al final de la guerra, del 13 al 15 de febrero de 1945, dejó entre 18.000 y 35.000 muertos. En total, según estimaciones de Sebald, “unos 600.000 civiles fueron víctimas de la guerra aérea en Alemania”5.
No se está acá problematizando tanto el horror de lo acontecido la capacidad posterior de contarlo y de hacer duelo. Porque lo que registra el escritor alemán es el hecho de que la literatura inmediatamente posterior a 1945 no haya dado un testimonio que pueda haber estado a la altura de los acontecimientos. En primer lugar la perspectiva es psicoanalítica: la incapacidad del pueblo alemán de hacer un duelo por lo acontecido. El dolor civil, lejos de haberse expresado en el llanto, el dolor e incluso el arrepentimiento, se manifestó en “el indiscutible heroísmo con que se abordaron sin demora los trabajos de desescombro y reorganización (…) Así pues, la destrucción total no parece el horroroso final de una aberración colectiva, sino, por decirlo así, el primer peldaño de una eficaz reconstrucción”6. El pueblo alemán se habría negado, así, a hacer ingresar la catástrofe al ámbito de la experiencia cotidiana, haciendo así que las generaciones posteriores apenas tengan conocimiento de que sus respectivas ciudades habían sido totalmente derribadas por las bombas y vueltas a levantar. Lo que reinó luego de la catástrofe fue, antes bien, el silencio, “la corriente hasta hoy no agotada de energía psíquica cuya fuente es el secreto por todos guardado de los cadáveres enterrados en los cimientos [del] Estado”7.
Desarrollo incontenible y destrucción de la experiencia
Sebald desarrolla a lo largo de sus conferencias una tesis según la cual la acumulación, ya sea de capitales, ya sea armas, ya sea de desarrollo científico, lleva inevitablemente a su explosión, podría decirse: a su utilización en lo que sea. Toma como ejemplo, otra vez, el acontecimiento de los bombardeos Aliados durante la Segunda Guerra. Los británicos, en efecto, habían acumulado una cantidad de aviones y bombas fabricados tan rápidamente en un escaso período de tiempo, que debían sí o sí utilizarlos. Un brigadier de la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, Freferik L. Anderson, dice en una entrevista de 1952 que las bombas eran “mercaderías costosas” y que “no se las puede lanzar prácticamente sobre nada en las montañas o en campo abierto, después de todo el trabajo que ha costado fabricarlas”8. En una entrevista (desconozco el año) en la que le preguntan a Sebald qué pensaba acerca de la reunificación de Alemania, éste responde: “Para mí tiene que ver poco con la política. En primer lugar fue un fenómeno económico: el dinero acumulado en grandes cantidades en los sótanos de Alemania Occidental inundó y desbordó el muro de Berlín. Siempre tuve la certeza de que la fuerza de McDonalds, Coca Cola y el hombre del país de Marlboro era tan devastadora, que los espantapájaros socialistas, sus héroes de barro, nada tenían que ofrecer y, en efecto, desaparecieron”9. La guerra se entiende, entonces, en sus coordenadas políticas, pero ante todo económicas y científicas. Las políticas señalan las decisiones diplomáticas de los distintos países, sus perspectivas ideológicas, etc.; las económicas, esencialmente capitalistas, se entienden en tanto acumulación del capital; las científicas, al desarrollo tecnológico y su utilización para la destrucción. Y esa acumulación lleva, inevitablemente, a su escape por algún lado; en otras palabras, la guerra como excusa para utilizar dinero y la tecnología armamentística; la guerra como una fase más en el avance del capitalismo.
La Primera y Segunda Guerra Mundial, como posible consecuencia de un desarrollo y acumulación económicas incontenibles configura, ya lo sabemos, uno de los momentos clave del quiebre del hombre con la experiencia de lo real. Cuando Sebald indaga sobre la guerra aérea (y sobre la literatura como necesario testimonio documental sobre ella), lo que le inquieta profundamente es el hecho de que las ciudades que él ve (Dresde, Hamburgo, Colonia, Darmstadt, e incluso algunos panoramas de su natal Wertach) no contienen en sí una experiencia auténtica, por el hecho de que hacia el '44 y el '45 fueron barridas y reconstruidas: “En Alemania, el paisaje urbano, que era de una gran densidad histórica, fue arrasado en tres años y reconstruido a nuevo en un lustro. Así, lo que tenemos ahora es un símil histórico en el que las ciudades no guardan la memoria de sí mismas”10. Las ciudades, con sus casitas bajas, sus edificios, sus pasillos de adoquines, sus ventanas y chimeneas, sus iglesias y sus comercios, ya no contienen en sí el tangible valor de la historia y de la experiencia. Esa experiencia con lo cotidiano (el hogar, la familia y el pueblo o la ciudad) fue barrida por toneladas de bombas.
Sebald corrobora, así, que la ciencia asume la forma de la destrucción (de las ciudades y de la experiencia). Esto es Benjamin en París, capital del siglo XIX: la ciudad que fue derribada casi en su totalidad y vuelta a construir de acuerdo a los avances arquitectónicos, urbanísticos y científicos de la época, junto a sus pasajes que exhiben la mercancía como fetiche. Pero también es Agamben en Infancia e historia, donde sostiene que “en cierto sentido, la expropiación de la experiencia estaba implícita en el proyecto fundamental de la experiencia moderna”11, de manera que ahora la ciencia no de desarrolla a través del ver y del tocar, sino de los aparatos y los números.
Los anillos de Saturno, de 1995: literatura y documento
“(…) ser sensibles a paquetes de afectos, errantes, no inscriptos por la historiografía e irrelevantes para la institución judicial” (Jean-Louis Déotte, La época de los aparatos, 2004).
“(…) quién conoce el destino de sus propios huesos y sabe cuántas veces van a ser enterrados” (W. G. Sebald, Los anillos de Saturno, 1995).
En la breve advertencia preliminar que precede a la edición de Luftkrieg und Literatur (“Guerra aérea y literatura”), de 1999, escribe Sebald: “El que esa catástrofe, sin embargo, dejó rastros en mi memoria es lo que intenté mostrar mediante pasajes bastante largos tomados de mis propios trabajos literarios”12. Claro, no es que el autor haya sufrido conscientemente los bombardeos (recordemos que él nació en mayo de 1944, un año antes de que la guerra llegase a su fin), sino que con su literatura ha intentado reconstruir aquel pasado que, él mismo denunciaba, había sido vedado para las generaciones futuras. Eso es lo que, al fin y al cabo, intentó hacer con el conjunto de sus novelas, de entre las cuales ahora tomamos Los anillos de Saturno (en adelante, LAS), de 1995.
Los anillos de Saturno es, esencialmente, una peregrinación. “En agosto de 1992 –comienza la novela- (…) emprendí un viaje a través del condado de Suffolk”13. El narrador es anónimo, aunque sabemos que coincide con el autor. El viaje es la forma predilecta de la experiencia (una experiencia no mediada, sino directa; es decir, su intento de restitución), y gracias a él los ojos contemplan al tiempo que la mente evoca recuerdos y conocimientos. Así es que el itinerario a pie por diversos condados ingleses se trasforma constantemente en un itinerario intelectual. A partir de lo material (es decir, lo que se ve, pero también lo escrito) se accede a lo metafísico, a la historia. Al empezar la novela, el narrador (que es claramente borgiano14) dice que “en aquel tiempo había hallado por casualidad una entrada en la Enciclopedia Británica según la cual el cerebro de [Sir Thomas] Browne se conservaba en el museo del hospital de Norfolk & Norwich”15. No es casualidad que la novela empiece bajo la sombra de Browne. Thomas Browne fue un excelente escritor inglés, cuyos temas versaron entre lo humanístico, lo esotérico y lo científico. El narrador de LAS elucubra la teoría de que el escritor inglés haya podido estar presente en la escena representada por Rembrandt en su Lección de Anatomía del Doctor Tulp; y evoca el siguiente pensamiento de Browne:
“De modo análogo a ese proceso constante de devorar y ser devorado, para Thomas Browne tampoco hay nada que tenga permanencia. Sobre cada nueva forma se cierne la sombra de la destrucción. Esto es, la historia de a cada uno, la de todos los estados y la del mundo entero, no transcurre sobre un arco que se alza cada vez más lejos y de forma más bella, sino sobre una trayectoria que, una vez alcanzado el meridiano, desciende a la oscuridad”16.
Lo que hace el narrador a lo largo de toda la novela no es sino comprobar cómo este pensamiento de Browne es perceptiblemente cierto. Así es que, a través de su peregrinación, contempla “un palacio principesco en el llamado estilo angloitaliano” que ahora estaba “aproximándose inapreciablemente a la disolución y a la ruina silenciosa”; una “historia fotográfica de la Primera Guerra Mundial” en la que se pueden ver “las ciudades francesas reducidas a escombros, los cadáveres pudriéndose en las trincheras en tierra de nadie, los bosques segados por el fuego de artillería, acorazados hundiéndose entre nubes negras de petróleo, cuerpos del ejército en marcha, corrientes interminables de refugiados y zepelines reventados”; ruinas; paisajes lóbregos que se pierden en la neblina o en el humo de las fábricas.
1 Sebald, W. G., Sobre la historia natural de la destrucción, trad. Miguel Sáenz, Barcelona, Anagrama, 2003, p. 78.
2 Sebald, W. G.., “Guerra aérea y literatura”. En Sebald, ob. cit., p. 8.
3 Ibíd., p. 77.
4 Harris, Arthur Travers (1995) (2011). «Despatch on war operations, 23rd February, 1942, to 8th May, 1945» (en inglés). ISBN 978-0-7146-4692-3. Consultado el 19 de enero de 2012. Citado en “Bombardeos estratégicos durante la Segunda Guerra Mundial”: http://es.wikipedia.org/wiki/Bombardeos_estrat%C3%A9gicos_durante_la_Segunda_Guerra_Mundial. Consultado el 3 de noviembre de 2013.
5 Sebald, ob. Cit., p. 13
6 Ibíd., pp. 15-16.
7 Ibíd., p. 22.
8 Citado en Sebald, ob. cit., p. 74.
9 Entrevista a W. G. Sebald: http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Sebald.htm. Consultado el 3 de noviembre de 2013.
10 Entrevista a W. G. Sebald: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/3842/W_G_Sebald
11 Agamben, Giorgio, Infancia e historia, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2011, p. 13.
12 Sebald, ob. Cit., p. 7.
13 Sebald, W. G., Los anillos de Saturno, Barcelona, Anagrama, 2008, p. 11.
14 Sebald se declaró un gran admirador de Borges: “Borges es un escritor que no puede escribir tres líneas sin incluir alguna lucubración iluminadora. Sin embargo, tenía muy poco en común con la figura del escritor intelectual. El suyo es otro tipo de pensamiento, el cual, aunque fuera heurísticamente, siempre tiene un carácter elucidatorio. Tengo la mayor admiración por él”, leemos en una entrevista (para El cultural, 2/01/2001: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/3842/W_G_Sebald).
15 Ibíd., p. 18.
16 Ibíd., pp. 32-33.
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